BIOGRAFIA ANA MARÍA JANER
INTRODUCCIÓN

Penetrar en las profundidades de un alma es algo prácticamente imposible. Ningún procedimiento lograría una captación absoluta de todas las manifestaciones íntimas de esa alma: Solamente podemos acercarnos a ella a través de sus hechos históricos y de sus expansiones escritas o verbales. En todo caso, esos hechos y esas expansiones no pasan de ser balbuceos, golpecitos a lo divino. Algo dejan entrever, pero uno, sin quererlo, piensa en las ondas, que no son el río y en la atmósfera azul, que no es el cielo

La profundidad de una vida intensa, apretada, consagrada a Dios, no cabe en el menguado recipiente de unas cuartillas no siempre auténticas. El alma vino de Dios. Solamente Dios puede descifrar sus misterios.
El hombre rastrea pero no penetra. Después de Dios, únicamente un Santo es capaz de comprender a otro Santo.

Y no es que la santidad sea un misterio. La santidad es, luz, calor, belleza. Es todo lo opuesto al desorden, a las tinieblas, a la línea ondulada. La santidad es la naturalidad. “En el santo – ha dicho Pániker -, la moral deja de ser una rígida ley para convertirse en la forma espontánea de su vida... aunque ésta es una existencia crucificada”. Estas son las dos notas características de toda santidad auténtica: naturalidad (virtudes humanas) y sacrificio (virtudes divinas). Si existen sólo las primeras tenemos un pagano; las segundas no pueden subsistir sin un fundamento sólido de humanidad; unidas y hermanadas, nos dan el cristiano, el santo.

Por estos caminos enderezó su vida la Madre Janer. Y anduvo con paso resuelto y sereno, la vista en el cielo y los pies golpeando la tierra. Le tocó vivir una época dura, ingrata y huidiza. Pero ella no se dejó manchar con salpicaduras infames ni penetró en su espíritu el agua turbia de la cobardía. La actividad exterior no fue mengua de su virtud acendrada; con firmeza y suavidad de mujer heroica supo encauzar el agua de esa actividad externa, llevarla raudamente a su “jardín sellado” y hacerla allí mensajera de paz y poderío entre las flores de sus virtudes.
En estas cuartillas se intenta simplemente penetrar en ese “jardín” para admirar sus tesoros. Para admirarlos y comprenderlos.
El amor sagrado que los acumuló debe guiarnos en su encuentro. Y al ver la humildad profunda con que fueron logrados, y pulidos, pensemos – haciendo un alto en el ancho y prolongado camino – en nuestra vanidad, en nuestro orgullo, en nuestra suficiencia. Después, golpeémonos el pecho con mano de hierro, que antes fuimos tronchando flores y haciendo llorar al Jardinero. Solamente así podremos comprender algo de la finura y de la fineza de esta alma de Dios que se llamó Madre Janer.
“Alma de Dios”, por fuera y por dentro, en su vida joven y en la granazón de sus días, en su apostolado humanitario y en su mística unión. Para explicarse la actividad y la santidad de su vida, es necesario fijarse en la hoguera interior que ardía sin consumirse, dando calor al empeño y dorando con su llama las espinas, los clavos y la lanza.
La incomprensión, el destierro y la pobreza golpearon reciamente su existencia. La sequedad, las arideces, la desolación interior, la “noche oscura” tenebrosa y alargada se filtraron en su espíritu madurando las raíces de su anhelo. La cruz era pesada, pero su contacto parecía una caricia. Y la llevó con dignidad, con elegancia, con gallardía, monte arriba, sin debilidad, sin desaliento. Sólo los ángeles fueron compañeros de su itinerario.
En esta crisis de Santos que padecemos no estará de más que volvamos la vista hacia esta figura señera. Ella vivió un cristianismo profundo, recio, de prueba y de renuncia, de sacrificio y de sangre. ¡Nada de envilecimientos ni beaterías, nada de sensiblerías ni fetiches! Sentía ansias de Cristo, y su mirada segura y gloriosa tropezó con Él muchas veces en el éxtasis, pero muchas veces también en la Cruz. Hubo quien, al verla caminar, pudo decir: ¡Cristo vive en ella!.
Y era verdad. Llevaba el corazón lleno de Dios y el alma sumida en la profundidad del amor.
Y ese Cristo que iluminó su vida generosa es el que alienta también sus consejos. Habló poco, pero habló bien. Es la suprema ley de la elegancia. Aún estando dotados estos consejos de una plasticidad sorprendente, no interesa tanto en ellos la forma cuanto el fondo de sabiduría práctica, sencilla y teológica que encierran. No fueron dichos para exponer un cuerpo de doctrina, pero es evidente que la doctrina existe. Y esa doctrina aprendida en la meditación y en el silencio, no es de este mundo: se la enseñó a la Madre Janer el mismo Señor que predicó el Sermón de la Montaña. Por eso nos encanta y nos cautiva. Nuestra ciencia ampulosa y aburguesada se mella al querer desmenuzar esas verdades macizas que fue ella abandonando en su camino.
Fue un alma elegida la suya. Empeñada en ser “esclava”, llegó a ser “víctima”. Y los ojos del Señor se recrearon en ella. Fue humilde, hasta reducirse a “un prisma de nulidad”, casta como la nieve de sus montes nativos; dulce como el susurro de la brisa entre los rosales; pobre como el modelo divino de la Casita de Nazaret; obediente como un niño; callada como el silencio; sufrida como un mártir; caritativa como el samaritano de la Parábola; tierna y cariñosa como una madre. Su mirada era dulce, sus ademanes finos y delicados, su conciencia transparente como un rayo de sol. Todo en ella reflejaba la gracia de Dios. Se anuló voluntariamente para que Cristo creciese en su alma y, voluntariamente también, se calló las mercedes y requiebros del Amado.
La realidad, sin embargo, se imponía. Y esta mujer delicada, sumisa, despreciada a los ojos de los hombres, pero valorada y bendecida a los ojos de Dios, sabía domesticar entre sus manos celestiales las rebeldías de las fierecillas montaraces. Estaba bien preparada para el esforzado y amoroso quehacer de enseñar a obedecer y a mandar. El lema era sencillo, pero exacto: “Firmeza cuando sea necesario; dureza nunca; dulzura y caridad en todas partes”. Las fierecillas se le fueron rindiendo mansamente y aunque aparentemente también ella terminó rendida, no fue por la sangre que manaba de las heridas...
El jardín estaba lleno de flores, de colores, de perfume. El agua seguía penetrando mansamente acariciando las plantas y reflejando en su corriente la hermosura de los cielos. Aquel regatuelo cristalino era la fiel imagen de su vida. También ella había acariciado dulcemente las miserias humanas y había reflejado en sus actos la hermosura de la virtud. En su humildad no lo podía creer, pero el Señor se encargó de demostrarlo. Se escuchó la Palabra divina del Amado y, al oírla, una mañanita fría de invierno, la Madre Janer se murió de amor.


BIOGRAFIA DE LA VIDA
DE MADRE ANA MARÍA JANER

Ana María Janer
Mujer de Fe y Caridad


A las puertas del siglo XIX en Cervera, Lérida, España, nació Ana María, el 18 de diciembre de 1800. Hija de José Janer y Magina Anglarill. Tenían una desahogada situación económica y otra riqueza superior: la fe y las virtudes sociales, el afecto mutuo, el interés de los unos por los otros y gran laboriosidad y alegría. Aquel hogar era una “pequeña Iglesia”.
Favorecida por la naturaleza y por la gracia, con excelentes cualidades de talento y carácter, se mostraba dócil y piadosa, aplicada y trabajadora; frecuentaba los sacramentos, las asociaciones piadosas y era asidua en la dirección espiritual. Era inteligente y observadora y adquirió una seria visión de la vida. A la vez era animada y alegre y veía el lado bueno de todas las cosas. Pensaba – y lo consideraba un gran don – en el amor que Dios le tenía y en lo muy querida que ella era por toda su familia y por cuantos la rodeaban. Vibraba con exquisita sensibilidad ante los sufrimientos ajenos.
El 25 de enero de 1819 entraba Ana María con profundo gozo y el de sus padres y sin la oposición de nadie, en el Hospital de Cervera, llamado Castelltort. Esta será su casa religiosa, su hogar. No era un convento, era la casa de los enfermos y de los pobres. Era una familia, una hermandad que, a la consagración añadía un verdadero compromiso de servicio a la sociedad civil como elemento esencial de su vocación.

LA CONSAGRACIÓN Y LA MISIÓN

Ana María profesó, se consagró a Dios, el 3 de mayo de 1820. La comunidad demostró comprender y valorar a la joven religiosa. La eligieron para Maestra de las Novicias a los veintidós años, y a los treinta, para Superiora. La reeligieron en los años sucesivos.
Enunciamos brevemente algunos de los acontecimientos de esos años: la fiebre amarilla (1821). Los frecuentes saqueos, incendios – incluido el propio Hospital – otras epidemias de tifus y viruela. Dificultades de las leyes secularizantes, el cólera (1833 – 1834). La primera guerra carlista convirtió a Cervera en un importante centro de acción militar. Las salas del Hospital estaban llenas de heridos liberales y las Hermanas los atendían y cuidaban con toda dedicación.
Todo esto vivió Ana María, en buena parte, como responsable del grupo, siempre con los ojos abiertos y el corazón atento para acudir a cualquier necesidad del pueblo, secundada por las Hermanas que en torno suyo formaban un bloque unido, fraterno y solidario. Una nueva situación política trae un nuevo gobierno al Hospital. Las Hermanas son despedidas y se les impide vivir en comunidad. El pequeño grupo parecía destinado a desaparecer. Pero ellas se propusieron salvar su vocación.

1837 – AL SERVICIO DE TODOS.
CARIDAD SOLIDARIA


Ana María, urgida por su vocación, quiso seguir ayudando, haciendo el bien. Durante el curso 1836 – 1837 dio clases en el Colegio de Educandas, sin dejar de velar por las Hermanas dispersas de quienes ella era responsable, en su calidad de Superiora.
Seguía la revolución y la guerra civil entre carlistas y liberales. Aumentaban el temor y la inseguridad. Fue perseguida. Consiguió huir y llegar a Solsona. Había allí innumerables heridos traídos con grandes dificultades de las recientes batallas. Don Carlos de Borbón, personalmente, propuso a la Madre Janer si quería hacerse cargo de la organización y asistencia de sus hospitales de campaña.
Amiga del diálogo y respetuosa de la libertad de opción de las Hermanas habló con ellas antes de dar su respuesta. Conjuntamente decidieron aceptar la propuesta un total de ocho Hermanas. Durante tres años pusieron su dedicación caritativa al servicio de los heridos, sin que nunca las molestaran. Soldados de uno y otro bando les demostraron estima, respeto, admiración y gratitud.

1840 – EL EXILIO

Las Hermanas toman el camino del exilio: Tolouse (Francia). Acogidas como hermanas residieron cuatro años en el Gran Hospital de Saint Joseph de La Grave, dirigido por las Hermanas Paúlas. La Madre Janer y sus compañeras estuvieron, como siempre, al servicio de todos. Había más de mil enfermos de toda clase, adultos, niños y jóvenes.
Atenta, a los hechos, a los hombres y a los signos de los tiempos, Ana María tomó nota de la creatividad de la Iglesia en Francia y en 1844 regresó a Cervera enriquecida con nuevas experiencias.

1849 - LA EDUCACIÓN

En febrero del año 1849, la Madre Janer se hizo cargo de la Casa de Caridad o de Misericordia de Cervera, y allí se dedicó generosamente a la educación y cuidado de niños y jóvenes huérfanos y pobres, y fue para ellos una madre cariñosa, procurando que no les faltara nunca pan e instrucción y, sobre todo, el afecto y el cariño familiar.
Los chicos salían con un oficio bien aprendido y las chicas, con aptitud para llevar bien una casa. Se trataba de formar buenos ciudadanos y buenos cristianos.
Se despertaba en el país un gran interés por la enseñanza. Era un importante momento de discernimiento comunitario, de reflexión y de decisión.
Ana María y sus hermanas estaban convencidas de la necesidad de las escuelas cristianas para promocionar a la mujer y a la familia... Era el carisma que estaba vivo y buscaba el crecimiento y la expansión

1858 – EL SUEÑO DE UN OBISPO


El sueño eran las escuelas. La enseñanza popular estaba a cargo de los Ayuntamientos y los pueblos pequeños solían carecer de medios y de recursos.
Hombre de oración, pensamiento y acción, encontró pronto junto al Maestro la solución adecuada: crear una institución que se comprometiera seriamente a prestar este servicio a la Iglesia diocesana.
Los objetivos aparecieron claros en su mente y en su corazón: santificación de sus miembros, búsqueda de Dios y trabajar para la promoción de la fe, de la cultura, de la mujer y de la familia. También en Cervera la Madre Janer buscaba la voluntad de Dios. La señal le vendrá del Obispo de Urgel al pedirle un servicio de Iglesia. Siempre disponible, aceptará.
Ana María viajó a Seo de Urgel para ver las condiciones y circunstancias de la propuesta. (Octubre de 1858).

1859 – LA FUNDACIÓN

La madre Janer llegó a Seo de Urgel, ya para quedarse, el 29 de junio de 1859. Acompañaban a la Madre dos jóvenes aspirantes muy decididas.
Todos las recibieron con gran regocijo. Sabían que las Hermanas llegaban para servir.
Monseñor Caixal cuidaba de la obra de una forma personal y directa. Nombró a la Madre Janer Superiora y Maestra de Novicias. Cada año había una buena floración de vocaciones.

1859 – DINAMISMO MISIONERO

Los primeros diez años configuran todo un estilo de vida y un proyecto universal y misionero.
Se organizaron los estudios y se tomaron títulos oficiales de magisterio, necesarios para regir escuelas públicas. Se dio mucha importancia a la catequesis.
El señor Obispo y la Madre Janer velaban de cerca la obra en la que, de la conjunción de sus dones personales, nacía y crecía un carisma nuevo capaz de integrarse y ser vivido en todos los tiempos, países y culturas.

1869 – TIEMPOS DE PRUEBA

La revolución del año 1868 y los sucesos de los años siguientes paralizaron ese dinamismo. Legaron horas de dura prueba para la Madre Janer y las Hermanas que vivían en el Alto Urgel. Por disposición de la Junta Local y de las autoridades correspondientes, el Hospital, las escuelas rurales que dirigían y el noviciado fueron secularizados y las Hermanas despedidas.
Se encontraron sin casa, sin trabajo, con recursos escasos, en gran inseguridad, ante un futuro incierto.
Mientras Mons. Caixal estuvo en Seo de Urgel, las animó y ayudó como un padre. Después, sobre la Iglesia diocesana se abatieron toda suerte de desgracias y sufrimientos. El Dr. Caixal fue la primera víctima expiatoria. Los sacerdotes eran perseguidos y el culto suprimido. La catedral fue cerrada y convertida en almacén.
El prelado tuvo que refugiarse en Andorra. Esto hizo más pesada la cruz de la Madre Janer. Alguna hermana se asustó y se fue. Otras pasaron a Andorra y procuraron asegurar el Noviciado, trasladándolo allí.
No faltaron momentos de angustia y tensión. Parecía aquello una desbandada; pero no, la casi totalidad del grupo, unido coherente y sin miedo, toma en torno a la Madre Janer el propósito de perseverar. Oran y confían.

1874 – CLARO – OSCURO

A partir de 1874, el Padre Mañanet dirigió el Instituto de la Madre Janer. Tanto en uno como en otra, latía ardiente el deseo de santidad, la búsqueda sincera de Dios y el deseo de servir a la Iglesia. Pero tenían criterios distintos sobre el estilo de vida y sobre el modo de gobernar.
Brilla nítida y diáfana la virtuosa y serena actitud de la Madre Janer que calla y ora. Ella no murmura. Lo espera todo de Dios. Confían en la Iglesia y dice: “Esperemos y tengamos paciencia”. “Dios tiene muchas maneras de hacer santos”.
Son años oscuros. Pero un hermoso resplandor ilumina el Instituto por el carisma del Beato Mañanet: la especial dedicación a la Sagrada Familia. Si siempre las Hermanas fueron contemplativas en la acción según el espíritu tan vitalmente transmitido por la Madre Janer, ahora habrá un toque especial de gracia en el amor contemplativo, centrado en el misterio de Jesús en el hogar de Nazaret, donde José y María colaboraron más que nadie en la obra de la salvación.

1879 – EL RETORNO A LOS ORÍGENES

El 28 de agosto de 1879, moría en el exilio el Obispo Caixal. Dejaba muy recomendada su “pequeña y amada obra”.
El nuevo Obispo, salvador Casañas tomó el asunto con el mismo interés. Su singular acción a favor del Instituto no se limitó a los primeros momentos. Prosiguió después hasta su muerte. Una de sus más delicadas aspiraciones fue conservar el espíritu de los fundadores en sus líneas fundamentales.

1880 – TALARN. EN OTOÑO, LAS COSECHAS

En el Primer Capítulo general, que se celebró en la casa de Talarn, el 19 de marzo, día de San José, fue elegida la Madre general. El voto fue unánime para la Madre Janer por un período de tres años. Ella, sencillamente, humildemente reemprendió la tarea de gobierno, es decir de servicio, ayuda y promoción. Como le era habitual, daba y generaba confianza y sabía estimular la responsabilidad de las Hermanas, con bondad, sin excluir jamás a nadie.
Abundaron las vocaciones y, sobre todo, el fervor y el interés apostólico por la obra de la educación cristiana. No en vano se había adoptado en el capítulo de Talarn la divisa evangélica: “Dejad que los niños vengan a Mí” (Mc 10, 13-16).
En 1883, la Madre Janer queda libre del cargo de Superiora General. Conservaba plena lucidez y se dedicó de manera especial a la oración y al trato con la gente joven que había en la casa de Talarn: novicias y colegialas. Se interesaba por todos. Transmitía fe.

1885 – LAS ÚLTIMAS NAVIDADES

Ana María pasó bien la última Navidad de la tierra. Compartió las alegrías y la convivencia de la comunidad y asistió a los actos de culto. Mas las fuerzas decaían aunque no el espíritu.
Pocos días bastaron para que aquella vida tan llena, tan humana, se extinguiera suavemente, serenamente –tal como había vivido- el 11 de enero de 1885, rodeada del afecto de todos, recibido el Viático y la Santa Unción y la anhelada bendición del Santo Padre León XIII.
La enfermedad había sido breve, pero dolorosa. Ella sufría como si no sufriese. Olvidada de sí misma, pensaba en Dios. Antes del amanecer expresó un deseo. Dijo: “Quisiera morir como penitente por amor a Cristo Jesús que por mi amor murió clavado en la cruz”
Había vivido con la esperanza puesta en el señor; y confiaba que, al final de su vida el mismo Jesús le abriría las puertas del reino y le diría: “Entra, porque tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber; peregrino y me acogiste; estaba desnudo y me vestiste; enfermo y me visitaste” (Mt 25, 35-36).
Cesaron la fe y la esperanza; le queda la caridad, que permanece para siempre, y no pasará. Ahora ella vive en Cristo, en el misterio de la Iglesia.

Concepción Arcalís, S.F.
(De Ana María Janer – Creyente y solidaria)


HERMANAS DE LA SAGRADA FAMILIA URGEL

El Instituto de HERMANAS DE LA SAGRADA FAMILIA DE URGEL fue fundado el 29 de junio de 1859 en Seo de Urgel — España—, como fruto del carisma otorgado por Dios a ANA MARIA JANER ANGLARILL al dar respuesta a un servicio de caridad bajo la solicitud pastoral del Obispo José Caixal Estradé.
San Pío X le concedió la aprobación pontificia como Congregación religiosa el l0 de abril de l906. (Cons. 1)
Como Instituto religioso apostólico, su fin es seguir más de cerca a Jesucristo para alcanzar la perfección de la caridad en el servicio del Reino.
Para esto sus miembros se consagran a Dios mediante los votos de castidad, pobreza y obediencia vividos en comunidad, según estas Constituciones. (Cons. 2)
La Congregación está puesta bajo la protección especial de la SAGRADA FAMILIA.
Ella es nuestro modelo de vida y fuente de nuestra espiritualidad, que se centra en la contemplación y vivencia del misterio de Dios hecho hombre. (Cons. 3)
La misión del Instituto, de acuerdo con el carisma original, se expresa en la educación cristiana de la niñez y juventud y en la asistencia a los enfermos y ancianos, con preferencia por los pobres y necesitados.
La apertura y disponibilidad de la Madre Janer, que supo dar respuesta evangélica a necesidades apremiantes de su tiempo, lleva al Instituto a permanecer abierto a otros apostolados compatibles con el propio carisma. (Cons. 7)

La caridad, contenido fundamental de la
experiencia de Ana María Janer


Ana María tiene una experiencia peculiar de la caridad divina, contemplada en la persona de Cristo: el amor que, al despojarse de sí mismo, redime y salva al hombre dejando en él la impronta de su mismo Ser. Porque el Hijo del hombre “no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”.
Para ello, pasó haciendo el bien y curó todo género de enfermedad; enseñó con su doctrina y con su vida, que Dios, su Padre, está cercano a todo ser humano que con corazón sincero se entrega a El, y se identifica con aquél que sufre, está necesitado o vive de un modo u otro, cualquier tipo de pobreza o marginación.
Ana María experimenta que Dios, en Cristo, es cercanía y salvación para todo aquél que pone su esperanza sólo en Él. Su vida se convierte en reflejo y transparencia de la misma caridad divina a favor de los hombres. Es en los gestos cotidianos, donde Ana María muestra ese amor a Dios y a los hermanos, cuidando y compartiendo los sufrimientos de los enfermos y ancianos, acogiendo y educando a los niños o asistiendo a los heridos en una guerra fratricida sin hace distinción de bandos.

((Carisma, Espiritualidad y Misión, 1.3)

PROYECTO

No seré del mundo;

mis fuerzas, mi bienestar, mi vida toda sacrificaré al servicio
de mi Dios en la persona de los pobrecitos enfermos,
de los desvalidos, de la niñez, y si conviene procurarles
los alivios corporales, cuidaré de ellos como una madre
cariñosa; darles vida santa y moralidad desarrollando sus
facultades morales enseñarles nuestra religión sacrosanta,
instruirlos, hacerlos buenos cristianos y darle a Dios
muchas almas, esto haré yo hasta llegar al sacrificio.

Procuraré y practicaré las virtudes religiosas,
El silencio, la caridad para con mis hermanas,
El sacrificio, la puntualidad, la santa pobreza;
Seré casta como un ángel,
daré a Dios mi libertad todo mi ser.

Tú, Señor, me darás gracia para serte esposa fiel, que te ame mucho y
te sirva en la persona de los enfermos, desvalidos.

Tú en cambio, en su día, me dirás:
entra, porque estuve enfermo y me socorriste;
entra, porque tu lámpara siempre ardió”…


La Sagrada Familia
Ana María Janer
Tu camino


Dios Padre, que llama a todos los fieles a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, te ha elegido y te ha invitado a atender a ese ideal, siguiendo a Jesucristo en la pobreza y en la obediencia…
La vivencia de los consejos evangélicos te une especialmente a la Iglesia y su misterio; te convierte en signo vivo de la presencia de Cristo en el mundo y anuncio de los bienes eternos.
Jesús, María y José son tu modelo de vida y fuente de una espiritualidad que se centra en la contemplación y vivencia del misterio de Dios hecho hombre en la Sagrada Familia; porque tú has sido llamada a compartir el carisma otorgado por Dios a Ana María Janer, y también para ti, Jesucristo es el ideal supremo de tu vida y la razón de tu entrega a los demás.
Tu caridad hecha servicio a los necesitados, viendo en ellos la imagen de Jesucristo, sea signo de tu amor a Dios, que se acrecienta y fortalece por la búsqueda y cumplimiento de la voluntad divina.
Fortalece tu vida interior por la oración asidua, la práctica de la presencia de Dios, el examen de conciencia y la recepción frecuente de los sacramentos.
Confíate a María, la Virgen inmaculada, y vive con gozo las exigencias de un amor totalmente consagrado a Dios y al servicio universal de los hombres.
Comparte cuanto eres y posees, tus cualidades personales y tus talentos. Ama la pobreza y acepta con fe y alegría los inconvenientes que pueden derivarse de la escasez de recursos.
Contempla en la Sagrada Familia la riqueza y la fecundidad espiritual de quienes ponen a Dios su tesoro y se hacen totalmente disponibles al Padre y a su plan de salvación.
Trata de descubrir y realizar con espíritu de fe la voluntad de Dios, cualquiera sea la mediación por la que se manifieste; de manera que llegue a ser como una ley interior que te va conduciendo hacia la libertad de los hijos de Dios.
No olvides que tu vida y la de tu comunidad sólo tienen sentido a luz de la fe, y encuentra su cohesión y su fuerza en la unión con Cristo, que se realiza por la oración y la caridad.
Contribuye a crear una auténtica fraternidad fundada en la caridad, donde reine la paz y el espíritu de servicio, y se comparta oración y trabajo al estilo de Nazareth.
Siéntete responsable del crecimiento de tu comunidad, comparte iniciativas y proyectos y colabora en las tareas comunes con espíritu de servicio y caridad.
Trata siempre y en toda circunstancia de armonizar acción y contemplación, fraternidad y vida apostólica.
Como miembro de la Sagrada Familia, has de ser siempre transmisora del mensaje evangélico, cualquiera sea la tarea que se te haya encomendado.
Asume tu tarea con amor, procurando hacer tuyos los sentimientos de Jesucristo, que pasó haciendo el bien.
Que en tu labor vayan unidos la responsabilidad profesional y el celo apostólico. En la Sagrada Familia, contempla a Jesús; Él es tu modelo de inserción en la historia del hombre.
Vive tu identificación con Jesucristo y el servicio de caridad a los hermanos, según el modelo de la Sagrada Familia.

Procura siempre unir la bondad a la firmeza; la sencillez a la prudencia y discreción, enseñando a todos más con las obras que con las palabras.
Sé humilde, amable con todos; constante y abnegada en el servicio.
De la Sagrada Familia aprenderás que el camino del amor y del servicio se va trazando, paso a paso, en lo cotidiano de la vida.
No temas los cambios exigidos por situaciones nuevas.
Espéralo todo de Dios y conservarás la paz, aun en medio de las dificultades. Si tienes a Dios presente en todo lugar y momento, llevarás a Dios a todos y siempre.
Ana María Janer, hoy, eres tú. Su carisma, su servicio de caridad, su respuesta evangélica a las interpelaciones de Dios en la historia, su apertura y disponibilidad, siguen presentes y operantes por ti.
Ordena tu vida según las exigencias de la vocación recibida.
“Fiel es el que te llama y es él quien lo hará”
(1 Ts 5, 24)
“Deja hacer a Dios que sabe todas las cosas” A.M.J

Madre…

Quiero poner mi corazón junto al tuyo para contagiarme de tu bondad y mirando tu vida pedirte que me acompañes en esta oración
Intercede ante Jesús para que todo lo que pido se vaya modelando en el barro de mi corazón sediento
Que yo crezca en la capacidad de tener un trato delicado y sencillo con todos. Que pueda ser amable siempre, abriendo mi corazón a todos mis hermanos con gestos que generen comunión, aún a aquellos que me cuesta amar…
Que me ejercite en prever y adivinar las necesidades de los demás, que aprenda a ser “prójimo” con el otro que está a mi lado y tiene necesidad. Que no me olvide que en este rostro esta el rostro de Jesús mirándome y esperándome…
Que me abra a los caminos de Dios, a su voluntad, a sus tiempos, que no siempre son los míos… y busque en todo agradarle a Él, para alcanzar con vos, algún día la santidad.
Que me fortalezca la confianza en Dios…
Que cuide los espacios de encuentro con el Señor, que lo busque en su Palabra, en los sacramentos, en los hermanos…
Pedile al Señor que me conceda la firmeza en mis decisiones, que no me acobarden las contradicciones, ni me roben la caridad y la dulzura que mis hermanos esperan…
Que me de la gracia de enseñar más con mis obras que con mis palabras…, de hacer las obras ordinarias con celo y espíritu de perfección, teniendo siempre y en todo presente a Dios…
Que pueda vencer mi genio para alcanzar sabiduría…
Que confíe y ore en todo momento, porque esas son las herramientas de los fuertes…
Que sepa mantener mi lámpara encendida hasta que nos encontremos para siempre. Amén

“Dios tiene muchos caminos para hacer santos”
Algunas frases de la Madre Ana María Janer

Vivir en aras de un silencioso sacrificio hasta que amanecieran tiempos mejores.
Esténse quietas y tomen paciencia.
...mi deseo es morir como penitente por amor a Cristo Jesús que por mí expiró clavado en Cruz...
Hijas mías; estudiad y meditad la vida de Jesucristo, toda ella es enseñanza para nosotros.
Dios sabe lo que quiere. Él tiene muchos caminos y medios para hacer santos.
Para dominarse, y sofocar el ímpetu de la cólera, se hace un momento de reflexión, y con responder a este primer momento, ya habrá vencido, y siendo dueña podrá sobreponerse para cualquier acto agradable.
A mí, ya no me cuesta porque me viene natural de hacer un momento de reflexión siempre y en todo. Procuremos refrenar todo ímpetu, a fin de que no queden desedificados los que nos tratan, ni tampoco debemos ser pesados y enojosos.

Estudie y medite la vida de Jesucristo, toda ella es enseñanza para nosotras.
No dar importancia a lo que digan por envidia y celos.
Ustedes han de ser muy prudentes. Dejen hacer a Dios, que sabe todas las cosas
...antes de mover ni decir nada, ármese de valor y preséntese allá donde existe la necesidad.
“Oh, miren bien el modelo Jesús en la Casa de Nazaret: penétrense bien...”
Cuando llega el examen de la noche siempre me pregunto si he cumplido bien todos mis actos; si no es así tengo un pesar...Si bien lo he sabido ordenar, siento consolación y me parece que Dios está contento.
Cuando estén enojadas o enfadadas no reprendan a nadie, porque la reprensión en dicho acto es inútil, ni hace buen efecto ni es causa de enmienda en persona alguna. Sé de cierta persona que cuando tiene motivo de estar disgustada lo mira bien, considera y entonces habla más bajito y cariñoso... a los que dan motivo de disgusto o enojo. Esto es, hijas mías sobreponerse, saber gobernar y ser superior a sí mismo.
Procuremos guardar la presencia de Dios que en la oración hayamos conseguido; en todo sitio y distribución tener a Dios presente. Así en las clases, trabajo, cocina, refectorio, recibidor; siempre, siempre, tener a Dios presente.
Oh, cuán hermosa es la práctica de la presencia de Dios y cómo eleva todas nuestras obras!
Sean humildes de corazón no sólo de palabras, ya saben que Jesucristo vino al mundo para corregir y detestar la soberbia, enseñando la humildad con sus actos. No son humildes las personas que a cada paso se llaman miserables, pecadoras.
En su trato sean amables con todos, para conquistarlos a Jesucristo y ganarlos para el cielo.

Amen los desprecios, sin buscarlos ni pretenderlos, sino tomándolos del modo que vengan, por amor a Jesús.
...Nosotras, hija mía, no sabemos lo que podemos porque somos miserables; pero si la fuerza de la gracia del Señor impera en nosotros, somos para algo y valemos lo que Dios se sirve poner.
Yo recojo a todos los que tienen necesidad y están heridos; no obstante, en esta casa no hay pan ni podemos salir para nada, y esperamos de ustedes nos favorecerán.
Coopera a la gracia, que no le faltará, porque Dios espera que pidamos y según la fe Él hará; si su fe no llega más que a tener salud para barrer, el Señor le dará hasta allí.
...las primeras lecciones han de ser, ante todo, las del Catecismo y buenas costumbres, pues con ellas tendremos personas que favorecerán a la Religión y moralizarán la Sociedad...
El aseo en la persona es media vida pero más estimable es la limpieza de corazón.
Cada día, sin rutina y con fe ardiente, antes de acostarte, pregúntate: Podrías hoy, presentarte ante Dios?
Deben imitar (a Jesús) en su paciencia y humildad, en toda su vida. Amen la caridad, la santa pobreza y sean amables y pacíficas, todo por Dios. Sepan imitar a la Sagrada Familia.
Hermanas mías: no quiero que desprecien a nadie, sean amables y simpáticas con todo el mundo, hagánse todas para todos como Jesucristo nos lo enseña.
Mucho valor habrán de tener pero si se lo piden a Dios se lo dará en abundancia; sólo falta confianza y oración.
Hija mía, sobre todo trabaje para disminuir faltas, porque el quitar es señal de que se ama a Dios.

   
 Familia Janeriana